domingo, 1 de abril de 2012

Una heroica historia

Hace muchos años en tiempos en que mi cuerpo aún conservaba un rechoncho cuerpo, con unos cachetes que sobrepasaban la mesura y con una inocencia que seguía cautivando a mis más que conservadores familiares es cuando experimenté un cambio de visión en la relación que puede llegar a existir entre animales y humanos. Si hubo una norma que mis padres siempre tuvieron en cuenta conmigo fue que siempre deberá existir un límite entre la libertad que pueda tener un animal, ya sea una mascota o animal salvaje, con nuestro propio entorno sin importar la situación que se presente. Mi historia empieza con un paseo junto a mi familia a un conocido fundo ubicado en los alrededores del distrito de Lurín. No sería la primera vez que lo visitamos: sus bellos paisajes y su armonía total con la naturaleza harían pensar que uno se encuentra en cualquier lugar menos en la ciudad. Llegamos temprano aprovechando los primeros rayos del sol que adornan y reluce el ambiente primaveral que reina en dicho lugar. Sin pensarlo el primer lugar al que acudí fue la laguna la cual impresiona incluso desde la lejanía. Pasé toda la tarde en un derroche de energía que solo fuimos testigos la naturaleza y yo, y es que mis padres fueron más testigos del hospedaje, comida y bebida que el fundo ofrecía.

Llegaría la hora en que iríamos a ver la pelea de gallos acto que para mí era espantoso aunque claro para mis padres era algo inofensivo. Es por esto que decidí escaparme al bosque con algunos amigos que ya había conocido en visitas anteriores. Pasamos toda la tarde de juegos y más juegos inventados usando todos los elementos que nos podía ofrecer dicho bosque. De pronto observamos impávidos como una culebra de gran magnitud zigzagueaba muy lentamente en una de las ramas superiores de un árbol que empezaba a temblar como si augurara lo que podría pasar pues en unos de sus extremos más ligeros se en encontraban unas crías de algún ave de mediano tamaño es allí donde yo entré en acción pues de manera impulsiva me dispuse a subir hasta donde se encontraba la culebra y, tal cual cazador de cocodrilos, me dispuse a jalarla de la cola evitando acercarme a su cabeza para luego lanzarla vertiginosamente hacia el pastizal y luego salvar a esas pequeñas crías. Cuando bajé del árbol mis compañeros seguían perplejos por el atrevimiento, en cambio yo quedé satisfecho y convencido de que aunque los animales no sean iguales a nosotros y tengan límites “territoriales” con nosotros hay lazos de amistad o ayuda a los demás que no hacen distinciones de especie sobre todo cuando la vida corre peligro.


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